Escuchar nuestro interior

En estas semanas de confinamiento sin precedentes por la pandemia del coronavirus, nuestra vida ha cambiado muchísimo, especialmente en todo lo que se refiere al ámbito de las relaciones sociales que tanto necesitamos las personas. No me olvido del dolor causado por la pérdida de seres queridos.

Las relaciones con los demás —familiares, amigos, conocidos, profesores, vecinos— han pasado a ser telemáticas. Hemos tenido que aprender a comunicar nuestro sentir mediante artilugios tecnológicos, a asistir a clase sin la presencia real de los compañeros y del profesor, a convivir y compartir espacio con los de casa las veinticuatro horas del día semana tras semana, a rezar sin entrar en una iglesia, a hacer deporte sin salir de casa y quizás en un espacio minúsculo, etc. Realmente hemos tenido que aprender a adaptarnos y a prescindir de cosas buenas. En este sentido, mi experiencia personal de vida social telemática en estas semanas ha sido muy gratificante: el correo electrónico, el whatsapp y el móvil me han permitido sentirme muy cerca de los que más quiero y reconectar con antiguas amistades que estaban en el fondo de mi corazón.

Un cambio de circunstancias largo y repentino como el que estamos viviendo —a mí me parece— que es una oportunidad fantástica para conocerse mejor a uno mismo. ¿Cuáles son mis prioridades?, ¿en qué lugar de mi vida están los demás?, ¿sé agradecer?, ¿qué es lo que más echo de menos?, ¿cómo reacciono cuando me harto? Dar respuesta a estas cuestiones puede ayudarnos a saber aprovechar la oportunidad que nos brinda el confinamiento. Se trata de escuchar nuestro interior.

Muchos han vaticinado que habrá un antes y un después de la pandemia. Estoy segura de que lo habrá. Los expertos pronostican «un incremento del teletrabajo con una repercusión positiva en el medioambiente, un crecimiento de la inversión en ciencia, el desarrollo de la telemedicina, una redefinición de la educación gracias al e-learning».

Pero también habrá un después relacionado con el valor que damos a cosas que quizás hasta ahora considerábamos normal tenerlas, por ejemplo, el poder dar un abrazo a quienes queremos, recibir la Eucaristía, la práctica de un deporte al aire libre, la compañía física de los amigos, el poder salir y entrar de casa cuando me apetezca, etc. Vale la pena reflexionar sobre esos valiosos descubrimientos personales que —sin lugar a dudas— pueden hacer nuestra vida más sabia y más humana, y por lo tanto más feliz.

 

Luchemos unidos

Hace ya unos días pensé que el post que tenía preparado para publicar en el mes de abril, no era el adecuado, es decir, no era el idóneo a la situación tan excepcional y preocupante que estamos viviendo en tantas regiones de Europa y del mundo por la pandemia del coronavirus. En nuestro país se decretó el estado de alarma el pasado domingo 15 de marzo. El ritmo de las ciudades ha bajado hasta mínimos nunca vistos. Los ciudadanos debemos confinarnos en nuestros hogares. Es momento de pedirse cada uno a sí mismo una mayor responsabilidad. Bajar el ritmo, disminuir la actividad presencial, quedarse en casa. Disminuir el movimiento para evitar nuevos contactos. Se trata de pasar al teletrabajo, a la compra online, a la vida social mediante las tecnologías. En este sentido, el comportamiento de cada uno es esencial para todos. ¡Disciplina social y solidaridad!

Son días para estar en casa las veinticuatro horas.  ¿Qué hago durante el día?, ¿cómo me he organizado estos días de confinamiento en casa? El primer día me hice un horario. En él me repartí diversas tareas de acuerdo a los tres objetivos que me había marcado para estas semanas de encierro: trabajar en casa, rezar en casa y obedecer a las autoridades sanitarias. Todo ello sin olvidarme de las personas que llevo en mi corazón: familia, amigos, conocidos. Las tecnologías me han venido superbién para comunicarme con ellos; para poder acompañar y sentirme acompañada en unos momentos de gran incertidumbre, inquietud y sufrimiento. ¡Mi vida social ha pasado a ser telemática!   

Me emociona el trabajo y la lucha —incesante, sin tregua— del personal sanitario y de tantísimos voluntarios para ganar la batalla. La situación es cambiante de hora en hora. Todos estamos aprendiendo a vivir en presente. Hacer planes es difícil, se ha convertido en una trampa. Muchos tenemos la mirada puesta en los ensayos clínicos que se han puesto en marcha a nivel internacional —de manera coordinada, colaborativa y solidaria— para encontrar un tratamiento eficaz al Covid-19. Es una crisis que la venceremos juntos, todos unidos, cada uno desde su parcela.

Combatir el miedo

Todos tenemos nuestros miedos: a perder un amigo, a que no me quieran, a la soledad, al compromiso, a hablar en público, al sufrimiento, a equivocarme, al fracaso. Los miedos que podemos llegar a sentir son muchos y distintos según la vida avanza. ¿Es posible ser una mujer sin miedo? A mí me parece que hoy no es posible; para poder serlo muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra sociedad. Pero, sí me parece que podemos alejar de nosotras numerosos miedos que nos aprisionan.

El miedo es un gran impedimento para vivir gozosamente la libertad. Frena la acción, la reflexión, los afectos, las decisiones. En este sentido, se podría decir que es paralizante. Parafraseando al escritor Juan Luis Lorda, el miedo bloquea, no nos deja hacer lo que deberíamos hacer. El miedo parece un defecto menor, pero hace daño y a veces mucho daño. Nos ata a las seguridades y a lo conocido; es más, puede convertirnos en controladores de lo incontrolable, (el futuro incierto, lo desconocido, el comportamiento y los sentimientos de los otros) circunstancia que —sea dicho de paso— conduce irremediablemente a la frustración. El miedo llega a cada persona y se instala en ella, sin pedirle permiso. Detectarlo es fácil, combatirlo es ya otra cosa.  

En la etapa de la juventud uno de los miedos más frecuentes es el miedo a equivocarse. Tiene su lógica, pues la juventud es por excelencia la etapa de las grandes decisiones. Se trata de decisiones personales que en gran medida determinarán la vida futura de cada uno: qué carrera estudio, en qué y dónde trabajo, dónde voy a vivir, qué hago con mi dinero, a qué dedico mi tiempo libre, cómo me divierto, con quién me caso, a qué me comprometo. “No tengáis miedo” son palabras que san Juan Pablo II dirigió al mundo entero y muy en particular a los jóvenes.  

¡Se trata de ser valiente! Que no imprudente. En palabras de Lorda, se trata “de hacer crecer el ánimo, de no dejarlo derrotar por cualquier cosa”, como por ejemplo es el qué dirán o el cómo reaccionarán. Batallar contra el miedo es ir a favor de la libertad de la persona. Combatirlo significa pararse, pensar y empeñarse en aprender de los éxitos y de los fracasos, y lanzarse al siguiente reto con la cabeza, el corazón y la voluntad. ¿Por qué hay que combatirlo? Para ganar en libertad que es ganar en la propia felicidad. El miedo y la libertad caminan por sendas distintas. La libertad y la felicidad comparten senda.  

El verdadero espejo

Conocerse a fondo uno mismo es una de las tareas más difíciles de la persona. Por eso a muchos nos cuesta tantísimo hablar de nosotros mismos, de nuestros sentimientos y emociones más profundos: penas y alegrías, ilusiones y desilusiones, incomprensiones, heridas en el alma, aspiraciones íntimas. Pero todavía es más difícil escribir sobre uno mismo. Rainer Maria Rilke le dice a su corresponsal en Cartas a un joven poeta “Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer (…). No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo”.

Un espejo nos dice poco de cómo realmente somos. La información que nos aporta es incompleta, en el sentido de que es solo superficial. No digo que no sea importante porque me parece que sí lo es, pero es superficial —parcial— y efímera o sea cambiante y provisional. Conocerse a fondo es muchísimo más. Comporta conocer nuestra interioridad y eso, no lo proporciona un simple espejo. Como dijo Rilke, se trata de adentrarse en uno mismo, escudriñar en nuestro sentir, hasta descubrir nuestras reacciones, nuestros gustos, nuestros afectos.  

No es tarea fácil, al menos para mí. En ese intento puede ayudarnos el saber mirarnos a través de los ojos de los demás. ¡Cómo me ven mis amigos, mis padres, mis colegas del trabajo, mis vecinos! Y eso, ¿cómo se hace? Escuchándolos, ¿a todos?, sí, en primer lugar, a los que te quieren; en segundo, al resto de las personas. Los primeros te dirán las cosas porque te quieren. Los segundos probablemente te las dirán con mayor crudeza.

Después de escuchar a unos y a otros hay que ver cuánta razón y cuánto acierto hay en las palabras de cada uno. La vía para descubrirlo es pensar, recogerse y reflexionar, en particular sobre lo que más nos hayan dicho de manera repetida personas diferentes, aunque no nos guste lo que hayamos escuchado. Esto es adentrarse en uno mismo. El beneficio de esa reflexión es inmenso: es dar un paso adelante en nuestro conocimiento propio. En este sentido, podemos decir que los ojos de los demás son un verdadero espejo. Se trata del espejo más valioso, pues cuando uno se conoce en profundidad, gana en libertad, y se hace más capaz de llevar las riendas de la propia vida.

La mentira del cobarde

Mentir es faltar intencionadamente a la verdad con el fin de engañar a alguien. Mentir dificulta toda relación humana: laboral, familiar, de amistad, social, etc. Hay muchos tipos de mentiras: la del egoísta, la del vanidoso, la del miedoso, la del resentido, la del envidioso, etc. La mentira que se apoya en la ambigüedad es la del cobarde.

La persona cobarde utiliza la ambigüedad para salir airosa de una situación o circunstancia incómoda para ella. Está convencida de que hablar con imprecisión, con vaguedad y con indeterminación, le asegura una salida “honrosa” —quizá habría que decir “cómoda” solo para ella— a cualquier replica que pueda surgir a sus palabras. De ordinario, detrás de esa mentira hay un gran miedo a no tener argumentos sólidos y convincentes o simplemente aceptables a los que poder recurrir. Carece de razones y explicaciones.

Mentir es destructivo y lo primero que destruye es la confianza. A todos se nos hace imposible confiar en alguien que a sabiendas no dice la verdad. La confianza uno se la gana día a día, a partir de su constante modo de actuar, es decir, cómo trata a los demás, cómo trabaja, cómo se divierte, cómo sufre, cómo ama, etc. Por el contrario, la confianza puede perderse en unos pocos instantes.

La autoridad —entendida como una relación interpersonal basada en la confianza— es incompatible con la mentira. La autoridad de la que estoy hablando nada tiene que ver con órdenes ni mandatos, que son imposiciones. Es decir, la autoridad no impone. En cambio, la ambigüedad intencionada sí es un modo de imponer, pues en realidad rechaza el diálogo por carecer de buenas razones para defender las propias palabras. La mentira enrarece las relaciones humanas, en particular imposibilita un ambiente de aprendizaje.

Sea cual sea el modo de mentir, la mentira siempre desautoriza. Mentir desautoriza al directivo, al amigo, al padre, al cliente, en definitiva, a quien engaña intencionadamente. Le quita toda la autoridad que pudiera tener. En este sentido, los profesores hemos de aprender a decir “no lo sé” en lugar de improvisar una mala respuesta cuando no sabemos lo que nos preguntan. Como ha escrito Juan Luis Lorda, “lo más interesante en cualquier tipo de gobierno o dirección [incluida la del aula] no es resolver problemas, sino sobre todo dirigir personas”. Todos debemos aspirar a decir siempre la verdad, a no escondernos nunca en la cobardía de mentir. 

Aprender a perdonar

Uno de los libros que he leído en más de una ocasión es el de Francisco Ugarte, Del resentimiento al perdón. Practicar el perdón no es fácil. Sin embargo, hay que pensarlo y proponerse aprender a practicarlo. ¿Por qué? Porque perdonar va muy unido a la propia felicidad y todos queremos ser felices.

Perdonar no es olvidar, pues el perdón “puede ser compatible con el recuerdo de la ofensa”. Cuando alguien te ha herido profunda y premeditadamente, con graves consecuencias profesionales, sociales, económicas, familiares o del tipo que sean, parece imposible perdonar al agresor. Renunciar a perdonar es abrir la puerta de tu corazón al rencor y dejarle que se afinque en él. «El rencor es un sentimiento de rechazo hacia el agresor». Corroe el alma, oscurece la interioridad y roba la sonrisa, la paz y la serenidad a quien lo padece. El rencor o resentimiento no aporta nada bueno a quien lo sufre. Solo le daña.

Alguien dijo que «el resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando que le haga daño al otro». El medio más importante para resolver el problema del resentimiento —afirma Ugarte— es el perdón. Perdonar no equivale a dejar de sentir. Es un acto de la voluntad y no un acto emocional, explica este autor. Perdonar es una decisión.

¿Cómo se perdona? Ugarte da unas pistas para lograrlo: 1) No concentrarse en los agravios (unas palabras, una actitud, un gesto, un hecho, una omisión), no darles vueltas y más vueltas. De hecho, la imaginación muchas veces es el origen de grandes resentimientos; 2) Considerar el daño que se ha hecho el agresor a sí mismo al ofendernos; 3) Finalmente, cuando perdonar supera la capacidad personal, se hace necesario —asegura— acudir al Cielo para poder otorgarlo.

Lo que más nos daña —advierte Ugarte— no es lo que otros nos hacen, sino nuestra respuesta que depende de cada uno. “Nuestra libertad nos confiere el poder de orientar de un modo u otro nuestras reacciones”. Perdonar no es un signo de debilidad, sino todo lo contrario. Es una decisión que pide un esfuerzo que revierte en nuestra propia felicidad.

La amistad es bidireccional

Para la inmensa mayoría de los jóvenes, lo más importante después de su familia son sus amigos. La relación de amistad no es una cuestión menor en sus vidas. 

Como ha escrito Ana María Romero, “la amistad no se puede forzar. Por eso también puede decirse que la amistad surge siempre como un regalo, como un don que se recibe”, que aporta un cúmulo de bienes y llena tanto por dentro.

Me encanta la definición de amistad del filósofo Ricardo Yepes: la amistad es la “benevolencia recíproca dialogada”. Tres palabras que definen una relación maravillosa e importantísima en nuestras vidas. Todos —niños, jóvenes y adultos— necesitamos tener amigos, personas con quienes compartir nuestra vida. Tener un amigo es tener un tesoro.

Con el diccionario en la mano, reciprocidad significa que uno «se dirige a otro y a su vez se recibe de este». En este sentido, Yepes habla de una relación en la que se hace el bien de manera bidireccional, en dos sentidos, y de manera dialogada. Es decir, la amistad conlleva necesaria y confiadamente un tú cuentas y yo cuento, tú abres tu corazón y yo abro el mío, tú escuchas y yo escucho, de manera natural, sin obligaciones de ninguna clase. De este modo, vivir la reciprocidad es vivir la libertad.

Sin esa bidireccionalidad no hay amistad, sí puede haber un asesoramiento, un coaching, un acompañamiento, es decir, otra clase de relación. De hecho, un amigo es algo muy distinto a un asesor, un entrenador, un consejero, o a algo parecido. Por así decirlo, la amistad reclama benevolencia de ida y vuelta. Hago el bien al otro y a su vez lo recibo de este.