Dejarse ayudar

La necesidad de dejarse ayudar va con la persona desde que nace hasta su muerte, aunque es cierto que se presenta de diferentes maneras a lo largo de las etapas de la vida. Por ejemplo, un recién nacido por sí mismo respira, digiere los alimentos, evacúa el material de desecho y pocas cosas más hace por sí solo. En este sentido, podemos decir que ante sus necesidades propias (comer, beber, asearse, protegerse del frío, etc.), un bebé —de ordinario— se deja ayudar por sus mayores sin reparos de ninguna clase. Es decir, ante sus carencias naturales, satisface sus necesidades sin presentar rechazo alguno a la ayuda y a los cuidados recibidos. Los acoge con total aceptación y beneplácito.  

Con el paso de los años —en la adolescencia, la juventud, la adultez y en particular en la vejez— las cosas cambian. El dejarse ayudar se complica. Vale la pena considerar que la persona no es completa y que con los años algunas cosas cuestan más. No obstante, es cierto que necesitamos de los demás en todas y cada una de las etapas de nuestra vida. ¿Qué necesitamos de los demás? En primer lugar, su afecto, su compañía, su sonrisa, su escucha, su punto de vista, sus consejos, capacidades y habilidades, su saber y su experiencia, entre otras muchas cosas. Sin embargo, cuántas veces rechazamos o incluso despreciamos alguno o algunos de esos tesoros presentes en otras personas y que buenamente nos son ofrecidos como ayuda. Como escribió África Sendino (doctora internista, fallecida en 2008), “lo más difícil en este mundo es aprender a ser necesitado”.

Desde luego el primer requisito para poder ayudar al otro es saber hacerlo bien, es decir, con cabeza y con corazón. Pero en este post no quiero centrar mi atención en cómo ayudar, sino en por qué las personas a veces no aceptamos o desatendemos una buena ayuda (acertada, afectuosa y eficaz) del otro. A mi modo de ver, las causas principales son dos: 1) La falta de conocimiento propio que suele traducirse en no reconocer o no aceptar las propias carencias, deficiencias y penurias; y 2) La falta de confianza en quien verdaderamente puede ayudarnos, es decir, en aquella persona que sabe ayudar, está dispuesta a hacerlo y nos lo brinda desde el corazón. En relación con esto último, me atrevo a hablar de lo que yo llamo obediencia inteligente, que no es ciega ni esclaviza y que consiste en seguir con confianza y total libertad los consejos y las sugerencias del otro, porque sé que me quiere y sabe más que yo de ese asunto (carencia o necesidad) que ahora ocupa mi vida; sea yo adolescente, joven, adulto o haya alcanzado la ancianidad.

En tiempos de pandemia también

La pandemia del coronavirus nos ha traído mucho sufrimiento y dolor. Ha golpeado afectos, la salud de millones de personas, empleos, negocios y economías, relaciones familiares y sociales, aficiones personales muy diversas y un montón de ilusiones. Nos ha obligado a tener que aprender a vivir con la ausencia de personas muy queridas, con pérdidas materiales dolorosas, con miedos, incertidumbres y preocupaciones. Sin embargo, la pandemia no puede detener la Navidad. La Navidad se va acercando con su espíritu propio y su alegría profunda. Sí, estoy hablando de alegría en plena pandemia. ¿Cómo es posible?, pues porque el sufrimiento de la persona —compañero de trayecto en la vida de cada una y de cada uno— es misteriosamente compatible con la alegría. En tiempos de pandemia también.

Sabemos que la verdadera alegría —no la superficial de bombo y platillo, sino la profunda— tiene mucho que ver con lo que llevamos en el corazón. El quid de ella está en la honda necesidad que tiene el ser humano de querer y sentirse querido. Me gusta subrayar la idea de que sentirse querido es completamente distinto de saberse querido. Lo que quiero decir es que cuando se trata de cariño no nos basta saberlo, sino que necesitamos sentirlo. ¿Cómo? Con palabras y con obras, con cercanía y acompañamiento (que pueden ser también virtuales), y sobre todo con comprensión, es decir, poniéndose en sus zapatos. “El ser humano —ha escrito Juan Luis Lorda— no es solo cabeza, también es corazón. La cabeza descubre muchas cosas, pero hay muchas otras que solo se aprecian con el corazón”. 

Todos podemos ser portadores de alegría a los demás; es decir, podemos alegrarles —al menos un poquito— su vida, aunque no podamos resolver sus problemas. Se trata de empeñarnos en conseguir mitigar su dolor. ¿Cómo hacerlo? Las posibilidades son infinitas. Por supuesto que unas estarán a nuestro alcance y otras no. Pero la que sí está al alcance de todos es el escuchar y el acompañar que como todos sabemos no dependen —gracias a la tecnología— de la distancia física real. La Navidad de este año nos llega en plena pandemia. No dejemos que esta dolorosa circunstancia robe la verdadera alegría a nadie. Una vía excelente para conseguirlo es escuchar, comprender y acompañar.

La experiencia profesional

Leo en un portal de internet «experiencia y juventud es el complemento perfecto». Me gusta el titular y me hace pensar. Una experiencia profesional de muchos años realmente convierte a cualquier profesional en un buen conocedor de su profesión, es decir, le otorga una sabiduría lenta de adquirir (muchos años), pero muy enriquecedora y de gran utilidad. Por lo tanto, me parece estupendo el tándem «experiencia-juventud», pues la sabiduría de la experiencia junto con la energía y las ganas de innovar de los jóvenes, me parece una combinación excelente.  

En mis años de vida profesional, he estado en los dos grupos, es decir, fui profesora principiante para luego ser profesora experimentada. Es cierto que en ambas etapas —una muy distinta de la otra— nunca dejé de aprender. De un aprendizaje inicial para sobrevivir —por así decirlo— pasé a un aprendizaje para ahondar en cuestiones diversas. Por supuesto que el trabajo realizado acumulado año tras año aporta a quien lo tiene una mirada amplia, profundidad y serenidad. En este sentido, puede decirse que el gozo que produce la experiencia atesorada, es grande. Pero el gozo que origina pensar la experiencia propia de muchos años y compartirla —en particular con jóvenes que se inician en la profesión— es muchísimo mayor. Por el contrario, no compartirla es desaprovechar su valor y hacer que muera en nosotros.

Compartir experiencia profesional es transferir conocimiento. En la práctica significa convertir un saber en un bien que contribuye a mejorar personas. No es tarea fácil, pues no se trata de dar lecciones, ni de contar «batallitas» vividas, ni de ser un sabelotodo, ni tampoco de provocar aplausos. Se trata de tres cosas: de trabajar mucho y muy bien, de no dejar de aprender y de querer a los demás. Compartir conocimiento nada tiene que ver con vanagloriarse y sí tiene que ver con comunicar, cooperar, crecer y gozar. Como ha escrito Jutta Burggraf, “quien presume de saberlo todo, puede paralizar a las personas a su alrededor”. Se trata —parafraseando a Burggraf— de crear espacios en los que todos puedan desenvolverse con gozo y propias iniciativas.  

Tener una vida maravillosa

A todos nos gustaría al final de nuestros días poder decir «he tenido una vida maravillosa». Como ha escrito Winifred Gallagher, “tu vida —la persona que eres, lo que piensas, sientes y haces, las cosas que amas— es la suma de todo aquello a lo que prestas atención”. Por lo tanto, la vida de cada uno, es decir, tu propia experiencia, depende en gran medida de lo que atiendes o por el contrario decides pasar por alto. ¿A qué presto yo atención?, ¿al conflicto, la culpa, la pena, la rabia, el miedo?, ¿a los agravios y ninguneos padecidos?, ¿a las amenazas o a las oportunidades?, ¿a los sentimientos agradables?, ¿a un ideal de vida?, ¿a los demás?

Sigo avanzando en la investigación de Winifred Gallagher y lo segundo que quiero ahora destacar es la idea de que al margen de cómo nos vayan las cosas, nos sentiremos mejor o peor la mayor parte del tiempo, en función de dónde pongamos principalmente la atención. Ahora bien, hay que tener en cuenta que en el terreno de los pensamientos y sentimientos, concentrarse en lo agradable y constructivo requiere un esfuerzo. ¿Por qué? Porque debido a razones de evolución y de autoprotección —según Gallagher— los seres humanos ponemos más atención en los pensamientos y sentimientos desagradables. En este sentido, es vital aprender a desviar el centro de la atención a pensamientos y emociones más constructivos. ¿Cómo? Decidiendo uno mismo «a qué presto yo atención y qué paso por alto». Decidir es un acto de la voluntad.

Evitar pensar en cuestiones negativas “no significa —explica Gallagher— esforzarse por estar siempre de buen humor (…). Más bien consiste en tratar la mente igual que un jardín y ser lo más cuidadoso posible con lo que sembramos en él”. Es decir, ser lo más cuidadoso posible a la hora de elegir dónde pongo yo mi atención (objetivos, proyectos vitales, afectos, conversaciones, acciones, lecturas, reflexiones, miradas); por lo tanto, qué siembro yo en mi mente. Esa siembra esmerada, delicada y personal —que nos define como persona única—, sin lugar a dudas, es la que realmente determinará la propia realidad de cada una y de cada uno, y le permitirá al final de sus días poder decir «he tenido una vida maravillosa».

El aprendizaje tipo emmental

Me ha gustado el libro de Salman Khan La escuela del mundo. Khan es un joven profesor de matemáticas, fundador de la Academia Khan, «la plataforma de enseñanza más utilizada de internet». Se trata de un proyecto que, alejado de los planes de estudios convencionales, aspira a disminuir la grieta existente entre lo que enseñan los profesores y lo que aprenden los alumnos. El objetivo fundamental de su gran proyecto —la Academia Khan— es conseguir “una educación gratuita y de calidad para todo el mundo y en todas partes”. Realmente fascinante. ¡Un desafío enorme que está en marcha exitosamente!

Pero, vayamos al título de este post, ¿qué es el aprendizaje tipo emmental? Es el símil que Salman Khan utiliza para explicar un aprendizaje con lagunas, huecos o agujeros —como los agujeros característicos del queso emmental— que impiden una comprensión profunda de nuevos conceptos. Se trata de un tipo de aprendizaje que “deja a los alumnos frustrados e indefensos”. Para Khan —para mí también— el dominio de los conceptos básicos es fundamental en todo aprendizaje. Por lo tanto, aprender a rellenar esos huecos o lagunas es clave, pues son auténticos obstáculos para seguir aprendiendo. ¡Impiden avanzar!   

¿Cómo se forman esos huecos en el aprendizaje?, ¿cómo se acumulan? De diversas maneras, por ejemplo, por faltar a clase un día —o unos días— por el motivo que sea, por sufrir un cambio de humor o de concentración durante la clase y desconectar de la explicación de la profesora o del profesor, por haber olvidado (no retener) unos contenidos ya estudiados o no haber captado un concepto básico anterior.  

¿Es posible rellenar esos huecos o lagunas que quedan en el aprendizaje?  Sí, es posible. Es más, es imprescindible si el alumno quiere aprender conceptos nuevos y avanzar en su aprendizaje. ¿Cómo se rellenan esos huecos o lagunas? Khan —en desacuerdo con el modelo educativo actual— propone una manera de rellenar esos vacíos: «volver sobre el concepto no aprendido y repasarlo hasta aprenderlo». Repasar tanto como se necesite.

Sin embargo —continua Khan—, el modelo educativo actual “no permite que algo se comprenda más adelante”, sino que desarrolla las lecciones en el aula a “un ritmo talla única”, en lugar de “al ritmo de las necesidades del alumno”. Por lo tanto, el estudiante tendrá que hacerlo por su cuenta. ¿Qué se necesita? Tener “un acceso sencillo y continuo a las lecciones” anteriores. En internet —insiste Khan— “las lecciones nunca desaparecen. La pizarra nunca se borra, metafóricamente hablando. Los libros del curso pasado no desaparecen de las estanterías”.

En definitiva, se trata de que el alumno tome las riendas de su educación y eso se consigue con tiempo y “un esfuerzo adicional hasta dominar la dificultad”. Esa es la manera que Khan propone para escapar de la frustración que ocasionan los agujeros o vacíos en el aprendizaje.

Termino con unas palabras de Inger Enkvist: “Aprender puede ser un placer, pero insisto, requiere un esfuerzo y un trabajo. Hay que decírselo a los niños. Si no, les estamos engañando”.

La filosofía en mi vida

Como ha escrito el profesor y filósofo Jaime Nubiola, “la filosofía es la asignatura que proporciona las claves para que los estudiantes crezcan en confianza en su propia manera de pensar que es el medio más eficaz para resolver —casi siempre provisionalmente— los problemas que surgen en la vida”.

Para mí, pensar —sobre unas palabras, una situación, unas circunstancias, un trato recibido, un modo de hacer o de sentir— es ganar en libertad. Me refiero a la mejor de las libertades: la libertad interior, la que nadie puede arrebatar a otro, la que temen e incomoda a los que no quieren escuchar, ni aprender de los demás, ni tampoco cambiar.

Hice una carrera de Ciencias y durante más de cuarenta años he sido profesora de matemáticas en Secundaria. No soy filósofa ni profesora de filosofía, pero sí discípula de filósofo y eso imprime carácter. Con profundo gozo y agradecimiento puedo decir que esa circunstancia ha dejado huella en mi manera de actuar tanto a nivel personal como profesional, en el aula y en las conversaciones con mis alumnas.

Mi experiencia profesional de los últimos casi veinte años me ha evidenciado el papel clave y fundamental que la filosofía tiene en la vida de las personas. Soy consciente de que el recurso más poderoso y eficaz que los jóvenes tienen para organizar y orientar su vida se llama pensar y que desde mi condición de discípula de filósofo con alma de profesora tengo el deber de ayudarles a descubrirlo: esa ha sido y es mi manera particular de defender la filosofía. 

Del profesor Nubiola aprendí también que la filosofía eficaz, es decir, la que sirve al ciudadano de a pie, es la que “se ocupa de los problemas reales de las personas y que invita a pensar” y a poner por escrito lo pensado. Es la filosofía que queremos y necesitamos, al menos yo. Es la filosofía a la que me estoy refiriendo.  

Pensar y escribir son dos hermosas tareas. Para mí escribir es pensar. Escribir requiere paz y tiempo. Alivia el alma. Ayuda a crecer en interioridad y a pensar en los demás. Por eso animo vivamente a todas y a todos a tener su propio cuaderno de reflexiones y a releer de cuando en cuando lo escrito en él. La filosofía que yo descubrí —hace veinte años— invita a pensar y a escribir, nada tiene que ver con una disciplina aburrida alejada del ciudadano de a pie. Es la filosofía del siglo XXI. La que atesoro en mi corazón. 

El hartazgo

¿Qué es el hartazgo? Es un sentir que todos hemos padecido en alguna ocasión. Es una saturación, un fastidio prolongado, por ejemplo, ante unas circunstancias costosas determinadas, un trato desafortunado recibido una y otra vez, una permanente incomprensión de otros, una decepción repetida y siempre inesperada. El hartazgo es distinto del aburrimiento, el cansancio, el enfado o de un disgusto puntual. Puede infiltrarse en la vida de una persona sin casi apenas darse cuenta. Poquito a poco va creciendo. Es importante detectarlo para poder apartarlo hasta que desaparezca. Una señal del hartazgo es precisamente el decir «¡Estoy harto!» o «¡Estoy harta!». No se supera añadiendo más actividad a la de cada día, ni más descanso al establecido. Superarlo es una cuestión más interior.

¿Por qué hay que superarlo? En primer lugar, porque nos separa de los demás y hace sentirse a uno mismo muy mal. Además, nos hace buscar culpables de nuestro malestar, borra la sonrisa en la cara, apaga el brillo en la mirada, aferra a la persona a planes de futuro engañosos, recluye los afectos propios bajo el caparazón protector que todos tenemos para las emergencias afectivas. ¡No quiero sufrir más, me encierro en mi interior!, pero hacerlo es un error que aísla y no resuelve el descontento. El hartazgo destruye la perseverancia.    

Hay que impedir que el hartazgo nos separe de los demás, de nuestros compromisos y proyectos y que nos robe el buen humor. ¿Cómo conseguirlo? No tengo recetas fáciles, ni inmediatas. Escribo cuatro pistas. 1) Vivir en tiempo presente que significa poner toda la atención en lo de hoy, no en el pasado que ya no puede cambiarse, ni en el futuro que no existe; 2) Pensar en los demás, disculpar, perdonar y estar dispuesto a ayudar; 3) Aceptar que el sufrimiento siempre será un compañero de trayecto, por lo tanto, hay que buscarle un sentido; y 4) Aprender a pedir ayuda confiada.  

Final de curso diferente

La pandemia del coronavirus ha cambiado radicalmente el final de curso de este año académico en todos los niveles del sistema educativo. Las clases del último trimestre han sido online, los exámenes y las entregas de trabajos también. Las consultas al profesor se han mediado a través de las pantallas. Este cambio repentino con la consiguiente y necesaria adaptación ha sido nuevo para todos: alumnos, profesores y familias al completo. En este sentido, la marcha y el clima en los hogares durante este tramo del curso escolar, han sido muy diferentes al de otros años. De manera paulatina y desde casa todos hemos ido adaptándonos al modo telemático. ¡El cambio ha contado con el esfuerzo y la paciencia de todos! Estoy segura de que a todos nos ha hecho mejores.

El estudio de cada alumno ha pasado a ser más autónomo y quizá más disciplinado a nivel particular. Lo que no ha cambiado es que el buen aprendizaje pide un trabajo bien hecho, horas de estudio personal y esfuerzo. Si el alumno incorpora estos tres elementos —calidad, horas y voluntad— en sus tareas escolares, su aprendizaje poco o nada se resentirá negativamente de estas semanas de encierro sin poder ir al colegio de manera presencial. Como ha escrito la profesora y escritora Inger Enkvist, “si un alumno se esfuerza, aprenderá. Esté donde esté”.  

¿Volverán los alumnos al centro escolar este curso? Es una pregunta que todos nos hemos hecho durante estas semanas de confinamiento. Finalmente sabemos que las clases presenciales en su mayoría no se reanudarán antes de las vacaciones de verano. La evaluación final tendrá en consideración las evaluaciones de los tres trimestres; teniendo en cuenta por supuesto que «la brecha digital no puede ser la causa de una evaluación negativa de los aprendizajes».

Echaremos de menos las entrañables celebraciones de todos los años que cierran el curso académico: la Fiesta de fin de curso, el Acto Académico de Graduación en el que se conmemora la finalización de estudios de una promoción, y quizá también el adiós cariñoso institucional por Jubilación a un profesor —o a más de uno— del centro escolar. Es un final de curso diferente que nos ha unido a todos más y que cada uno de nosotros recordaremos siempre.    

Escuchar nuestro interior

En estas semanas de confinamiento sin precedentes por la pandemia del coronavirus, nuestra vida ha cambiado muchísimo, especialmente en todo lo que se refiere al ámbito de las relaciones sociales que tanto necesitamos las personas. No me olvido del dolor causado por la pérdida de seres queridos.

Las relaciones con los demás —familiares, amigos, conocidos, profesores, vecinos— han pasado a ser telemáticas. Hemos tenido que aprender a comunicar nuestro sentir mediante artilugios tecnológicos, a asistir a clase sin la presencia real de los compañeros y del profesor, a convivir y compartir espacio con los de casa las veinticuatro horas del día semana tras semana, a rezar sin entrar en una iglesia, a hacer deporte sin salir de casa y quizás en un espacio minúsculo, etc. Realmente hemos tenido que aprender a adaptarnos y a prescindir de cosas buenas. En este sentido, mi experiencia personal de vida social telemática en estas semanas ha sido muy gratificante: el correo electrónico, el whatsapp y el móvil me han permitido sentirme muy cerca de los que más quiero y reconectar con antiguas amistades que estaban en el fondo de mi corazón.

Un cambio de circunstancias largo y repentino como el que estamos viviendo —a mí me parece— que es una oportunidad fantástica para conocerse mejor a uno mismo. ¿Cuáles son mis prioridades?, ¿en qué lugar de mi vida están los demás?, ¿sé agradecer?, ¿qué es lo que más echo de menos?, ¿cómo reacciono cuando me harto? Dar respuesta a estas cuestiones puede ayudarnos a saber aprovechar la oportunidad que nos brinda el confinamiento. Se trata de escuchar nuestro interior.

Muchos han vaticinado que habrá un antes y un después de la pandemia. Estoy segura de que lo habrá. Los expertos pronostican «un incremento del teletrabajo con una repercusión positiva en el medioambiente, un crecimiento de la inversión en ciencia, el desarrollo de la telemedicina, una redefinición de la educación gracias al e-learning».

Pero también habrá un después relacionado con el valor que damos a cosas que quizás hasta ahora considerábamos normal tenerlas, por ejemplo, el poder dar un abrazo a quienes queremos, recibir la Eucaristía, la práctica de un deporte al aire libre, la compañía física de los amigos, el poder salir y entrar de casa cuando me apetezca, etc. Vale la pena reflexionar sobre esos valiosos descubrimientos personales que —sin lugar a dudas— pueden hacer nuestra vida más sabia y más humana, y por lo tanto más feliz.

 

Luchemos unidos

Hace ya unos días pensé que el post que tenía preparado para publicar en el mes de abril, no era el adecuado, es decir, no era el idóneo a la situación tan excepcional y preocupante que estamos viviendo en tantas regiones de Europa y del mundo por la pandemia del coronavirus. En nuestro país se decretó el estado de alarma el pasado domingo 15 de marzo. El ritmo de las ciudades ha bajado hasta mínimos nunca vistos. Los ciudadanos debemos confinarnos en nuestros hogares. Es momento de pedirse cada uno a sí mismo una mayor responsabilidad. Bajar el ritmo, disminuir la actividad presencial, quedarse en casa. Disminuir el movimiento para evitar nuevos contactos. Se trata de pasar al teletrabajo, a la compra online, a la vida social mediante las tecnologías. En este sentido, el comportamiento de cada uno es esencial para todos. ¡Disciplina social y solidaridad!

Son días para estar en casa las veinticuatro horas.  ¿Qué hago durante el día?, ¿cómo me he organizado estos días de confinamiento en casa? El primer día me hice un horario. En él me repartí diversas tareas de acuerdo a los tres objetivos que me había marcado para estas semanas de encierro: trabajar en casa, rezar en casa y obedecer a las autoridades sanitarias. Todo ello sin olvidarme de las personas que llevo en mi corazón: familia, amigos, conocidos. Las tecnologías me han venido superbién para comunicarme con ellos; para poder acompañar y sentirme acompañada en unos momentos de gran incertidumbre, inquietud y sufrimiento. ¡Mi vida social ha pasado a ser telemática!   

Me emociona el trabajo y la lucha —incesante, sin tregua— del personal sanitario y de tantísimos voluntarios para ganar la batalla. La situación es cambiante de hora en hora. Todos estamos aprendiendo a vivir en presente. Hacer planes es difícil, se ha convertido en una trampa. Muchos tenemos la mirada puesta en los ensayos clínicos que se han puesto en marcha a nivel internacional —de manera coordinada, colaborativa y solidaria— para encontrar un tratamiento eficaz al Covid-19. Es una crisis que la venceremos juntos, todos unidos, cada uno desde su parcela.