El rostro del profesor

En tiempos de pandemia he podido asistir a un interesante seminario virtual de filosofía, organizado por la Societat Catalana de Filosofia. Su objetivo era «abrir puertas para la reflexión y la comprensión de la condición humana en estos tiempos de pandemia». Es decir, su objetivo era invitarnos a pensar. Soy persona de formación y de práctica profesional de ciencias. No obstante, una vez más quiero subrayar en primera persona lo que tantas veces ha dicho y escrito el filósofo y profesor Jaime Nubiola, sobre el papel clave y fundamental que tiene la filosofía en la vida de las personas, al margen de su formación, profesión o actividad diaria: los ciudadanos de a pie necesitamos la filosofía que aborda los temas de nuestra vida cotidiana, que trata sobre las cuestiones que nos interpelan hoy y ahora. Por eso me ha encantado asistir a ese seminario.

El profesor Xavier Escribano habló de la desaparición del interlocutor como fuente inspiradora del diálogo, en este tiempo de pandemia. Aprendí que la persona está hecha para buscar rostros, rostros que leemos, inspiradores de nuestras palabras y de nuestros pensamientos; inspiradores del diálogo. En la realidad actual —época covid— la mascarilla nos priva de la expresividad del otro y dificulta la comunicación y el diálogo. Por supuesto ni que decir tiene que en este tiempo de pandemia la mascarilla nos ofrece muchísimas más ventajas que inconvenientes tanto para uno mismo como para con los demás. No obstante, sabemos también que «el rostro es una de las mayores señas de identidad» y que la mascarilla oculta información no verbal. En este sentido, no parece baladí poner atención en cómo influye en las relaciones interpersonales el hecho de llevar el rostro cubierto por la mascarilla al relacionarnos con los demás (parientes, amigos, en el aula, etc.).

Hace unos días una estudiante universitaria me comentaba lo importante que era para ella el hecho de que en una clase virtual la profesora o el profesor conecte su cámara no solo para saludar, sino que la conecte durante todo el tiempo que dure la clase y así evitar convertir la clase en una voz más una pizarra o una voz más un Power Point o cualquier otro documento. Ver o no el rostro del profesor, al estudiante no le es indiferente; y escuchar la voz del profesor atenuada por la mascarilla tampoco le pasa inadvertido. Una voz mitigada dificulta la comprensión del mensaje. ¿Qué puede hacerse para compensar o minimizar estos inconvenientes en el aula actual? Los expertos aseguran que no se trata de gritar más, sino de acentuar la expresión facial en la zona de los ojos y las cejas; cuidar el lenguaje de las manos que tanto enriquece el mensaje; y en algunos casos quizás acudir a un amplificador de la voz como puede ser un micrófono, que permita a los estudiantes recibir el mensaje sin obstáculos. Se trata, en definitiva, de no renunciar a la comunicación no verbal del rostro y de poner los medios al alcance para que el profesor logre comunicar al alumno lo que realmente quiere transmitirle, también en tiempos de pandemia.

Sentimiento de soledad

En estos tiempos de pandemia con confinamientos diversos, limitaciones horarias de apertura de bares y restaurantes, restricciones en el número de personas en reuniones familiares y de cualquier otro tipo, limitaciones de aforo en muchos lugares (tiendas, instalaciones y estadios deportivos, lugares de culto, teatros y otros lugares destinados a la cultura, etc.), han hecho mucho más difícil la vida social. Muchas interacciones personales han pasado de ser presenciales a ser virtuales. Esta realidad probablemente ha contribuido a la aparición de un cierto sentimiento de soledad en algunas personas y en otras lo ha acrecentado.   

Las personas por naturaleza somos sociales. Necesitamos relacionarnos, escucharnos, ayudarnos, compartir (alegrías, celebraciones, aficiones, ilusiones, inquietudes, sinsabores, penas, ausencias), es decir, sentirnos acompañadas. En definitiva, el ser humano necesita querer y sentirse querido y trata a toda costa de evitar el sentirse solo. A mí me gusta distinguir entre la soledad transitoria —fruto de unas circunstancias externas temporales— y la soledad profunda, más difícil de combatir y que es a la que ahora en este post quiero referirme. Se trata de un sentimiento que taladra el alma y que está al margen del número de personas que físicamente tengamos alrededor —tanto en casa, como en el trabajo, la universidad, el colegio, o donde sea que vayamos o estemos— y al margen del número de personas con las que estemos conectadas virtualmente. Es un sentimiento profundo que conlleva sentirse sin cariño, sin apoyo, sin compañía, sin consuelo, sin cuidados, sin comprensión, sin escucha, sin poder compartir cosas importantes para uno, y muchos más “sin”, es decir, sentirse abandonada o al menos decepcionada. En mi opinión esta es la soledad más dolorosa.  

¿Cuáles son sus causas? Quizá la educación recibida, o una experiencia padecida, o quizás un no saber mirar al Cielo. Vale la pena pensar si esas causas están en los demás o en uno mismo. “Es bueno —ha escrito Jesús Higueras— que te preguntes cuál es la razón de tu sufrimiento: si sufres por los demás, o más bien por ti. Porque tus hijos no son como esperabas, porque no te sientes correspondido, porque mucha gente te deja de lado, los amigos no son leales…”. En cualquier caso, sea cual sea el desencadenante del sentimiento profundo de soledad, todos tenemos en nuestras manos el modo de combatirlo en primera persona y para con todas las personas que tenemos alrededor. Ese “modo” se traduce en la práctica de cuatro verbos: mirar, escuchar, comprender y acompañar. Dicho más explícitamente: 1) Mirar con los ojos del corazón a los demás; 2) Escuchar con cariño, sin interrumpir; 3) Comprender, que es saber ponerse en sus zapatos; y 4) Acompañar que significa estar. En definitiva, volcarse cariñosa y generosamente con los demás.

Dos momentos clave en la etapa escolar

En la vida del escolar hay dos momentos clave en los que el estudiante ha de ejercer su capacidad de decidir. Dos momentos en los que hay que tomar una decisión importante. Me refiero a la elección del bachillerato al terminar la ESO y la elección de la carrera al finalizar el bachillerato. Ambas decisiones son importantes porque tienen mucho que ver con el futuro profesional y personal de cada una y cada uno. Para la gran mayoría de los escolares ambas decisiones forman parte de las primeras decisiones importantes que han de tomar en su vida. 

El alumno ha de saber que decidir bien pide una reflexión y después una acción. Es decir, requiere en primer lugar, una buena medida de serenidad para explorar las posibilidades diversas existentes (ciencias, letras, bachilleratos, carreras); en segundo lugar, pedir consejo a alguien que le conozca bien y escuchar su opinión o parecer; en tercer lugar, firmeza para afrontar el miedo a equivocarse que aunque es lógico que aparezca, es posible apartarlo de la decisión, por ejemplo, no dándole cabida en la imaginación; finalmente y en cuarto lugar, algo que quizás es más difícil pero no por ello menos importante que es saber escuchar qué le dice el corazón, es decir, lograr recogerse y escuchar con atención su interior.    

Copio a continuación unas palabras de Jorge Larrosa que dan mucho que pensar: “Descubrir una vocación [profesional] no es solo averiguar lo que nos gusta o lo que nos satisface, sino lo que nos exige. Y esa exigencia tiene que ver con corresponder a lo que hay ahí para aprender, para interpretar, para hacer, para pensar”.

¿Cuál es el papel de la profesora o del profesor en ese momento clave de la vida del escolar? O, mejor dicho, ¿cuál es la mejor ayuda que los profesores podemos ofrecer a los alumnos cuando acuden a nosotros para que les ayudemos a decidir en esas cuestiones realmente importantes? Por supuesto les vamos a ayudar escuchándolos; haciéndoles caer en la cuenta de que lo que más gusta a una persona a veces no es lo que mejor se le da; subrayando la importancia que tiene el tomar una decisión en su momento, es decir, sin precipitarse, pero sin demoras vanas innecesarias. No obstante, a mi modo de ver, la mejor ayuda que podemos ofrecerles es invitarles a escribir lo que llevan en la cabeza y en el corazón acerca de su decisión, esto es, lo que han explorado, han escuchado (a los padres, profesores y demás mayores), han pensado y han sentido. Y a continuación saber retirarnos (los profesores) para que él o ella decida con total libertad. Lo que quiero decir es que me parece crucial dejarle decidir. Quien decide es el alumno y no el profesor, ni los padres, ni los amigos, ni los expertos. Es su elección.

 

No ha sido un año perdido

Llevamos poco más de un año con restricciones sanitarias, desescaladas, incertidumbre, desconcierto, miedo, dolor y un sinfín de sufrimientos. Hay quienes hablan de un año perdido que hay que recuperar. Sin embargo, a mí más que hablar de recuperar un año perdido me gusta hablar de recuperar un año pasado. Está claro que ha sido un tiempo muy difícil tanto en aspectos personales, sociales, familiares, laborales, económicos como en cosas que hemos tenido que dejar de hacer (trabajos, aficiones, viajes, deporte, celebraciones, etc.) y nos encantaría recuperarlas, volver a hacerlas, reincorporarlas de nuevo a nuestra vida. Todas esas calamidades, desdichas y privaciones vividas, no han podido convertir este período en un tiempo perdido. ¿Por qué? Porque un tiempo perdido es un tiempo estéril, es decir, un tiempo que no ha servido para nada y eso no ha sucedido en este año pasado.

Expresar el cariño de manera virtual, luchar para vencer el dolor y el sufrimiento, adaptarse a nuevas y costosas situaciones, o aprender a llorar por dentro y seguir adelante sin desfallecer, son ejemplos —entre otros muchos— vividos en este duro período de pandemia. Sin lugar a dudas nos han hecho más fuertes y eso tiene que ver con ser mejores. En este sentido, no ha sido un tiempo estéril, no ha sido un año perdido. Por otro lado, al “desaparecer” de un plumazo en nuestra vida aquellas situaciones que considerábamos normales y que quizá no valorábamos suficientemente, hemos pasado a considerarlas maravillosas al descubrir su inmenso y real valor. La lista de ejemplos podría ser muy larga, pero cito solo cuatro: dar un abrazo, celebrar la Navidad acompañados de la familia, entrar y salir de casa cuando a uno le apetece, poder acompañar a un familiar enfermo en un hospital. En este sentido, tampoco ha sido un tiempo estéril, no ha sido un año perdido.

Se trata pues de recuperar un año pasado. ¿Cómo? Es cierto que las pérdidas, heridas y los sufrimientos padecidos en el tiempo de pandemia han sido y son de naturaleza y gravedad muy diversos, y que poder recuperarse de esos pesares en muchos casos escapa a nuestras posibilidades. Copio a continuación unas palabras de Viktor Frankl que dan mucho que pensar: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. Quizás el quid de esa recuperación, más que en el hacer —que también— está en el modo de mirar la propia realidad. Este —me parece— es el primer paso para poder escoger la actitud de la que habla Frankl y así poder recuperar este año pasado.

Tener que madurar no es un aburrimiento

Cambiar de etapa escolar, en particular dejar la ESO y pasar al bachillerato, produce en algunos adolescentes un cierto desagrado, por así decir. No se plantean en absoluto dejar los estudios, pues en su gran mayoría quieren hacer una carrera universitaria y sueñan con ser grandes profesionales el día de mañana. Pero se trata de un día de mañana por el que no hay prisa alguna por llegar a él. Se lo imaginan monótono, cargado de responsabilidades ineludibles y bastante aburrido o al menos muchísimo menos divertido que el momento actual que están viviendo, que realmente es singular y comprensiblemente no quieren abandonar. Pero es también un momento apasionante en el sentido de que las decisiones más importantes de la vida están por tomar y que —sea dicho de paso— hacerlo bien pide una cierta madurez. Este sentimiento de desagrado lo expresan diciendo que tener que madurar es un aburrimiento.

Madurar no es un aburrimiento, pues enriquece a la persona y le permite vivir más a fondo y más intensamente la propia vida sin comportamientos infantiles de ninguna clase. ¿Por qué? Porque madurar tiene que ver con adquirir capacidades para descubrir y asumir nuevos escenarios y retos de la propia vida, y lograr actitudes para afrontar adversidades y problemas que llegan sí o sí a cada una y a cada uno. Esas adquisiciones y logros personales, son del todo compatibles con hacer cosas divertidas, tener ilusión, disfrutar con lo que se tiene entre manos y pasarlo bien con los demás. Es más, abren ventanas insospechadas y asombrosas a diversiones, ilusiones y gozos diferentes de los conocidos. ¿Por qué? Porque madurar es ampliar vistas, es ganar en comprensión de lo que realmente a uno le está pasando, de cómo es y qué quiere, es decir, ganar en conocimiento de uno mismo y ganar en libertad para decidir bien. Parafraseando a Joan Baptista Torelló, madurar es crecer, por consiguiente, es asumir valiente y audazmente el riesgo —o la inseguridad— que comporta cada crecimiento.

¿Qué puede hacerse para ganar en madurez? Tampoco en eso tengo recetas fáciles, ni inmediatas, pero quizás una vía podría ser: 1) Empeñarse en querer madurar, es decir, no esquivar (mirar hacia otro lado) ninguna realidad de la propia vida y de su alrededor, aunque no guste, moleste o duela, esto es, ir al fondo de la cuestión y pensar; 2) Huir de la superficialidad y del ruido ensordecedor que pueda haber alrededor de uno mismo; y 3) Descubrir tiempecitos de silencio diarios para reflexionar, que siempre pueden nutrirse a partir de una buena lectura o una conversación profunda (larga o breve) con alguien que sea de tu confianza.

Vale la pena intentarlo. Quedar rezagado en el proceso de maduración personal es tirar por la borda un sinfín de oportunidades maravillosas para lograr una vida más plena, más grata y por lo tanto más feliz.

Dejarse ayudar

La necesidad de dejarse ayudar va con la persona desde que nace hasta su muerte, aunque es cierto que se presenta de diferentes maneras a lo largo de las etapas de la vida. Por ejemplo, un recién nacido por sí mismo respira, digiere los alimentos, evacúa el material de desecho y pocas cosas más hace por sí solo. En este sentido, podemos decir que ante sus necesidades propias (comer, beber, asearse, protegerse del frío, etc.), un bebé —de ordinario— se deja ayudar por sus mayores sin reparos de ninguna clase. Es decir, ante sus carencias naturales, satisface sus necesidades sin presentar rechazo alguno a la ayuda y a los cuidados recibidos. Los acoge con total aceptación y beneplácito.  

Con el paso de los años —en la adolescencia, la juventud, la adultez y en particular en la vejez— las cosas cambian. El dejarse ayudar se complica. Vale la pena considerar que la persona no es completa y que con los años algunas cosas cuestan más. No obstante, es cierto que necesitamos de los demás en todas y cada una de las etapas de nuestra vida. ¿Qué necesitamos de los demás? En primer lugar, su afecto, su compañía, su sonrisa, su escucha, su punto de vista, sus consejos, capacidades y habilidades, su saber y su experiencia, entre otras muchas cosas. Sin embargo, cuántas veces rechazamos o incluso despreciamos alguno o algunos de esos tesoros presentes en otras personas y que buenamente nos son ofrecidos como ayuda. Como escribió África Sendino (doctora internista, fallecida en 2008), “lo más difícil en este mundo es aprender a ser necesitado”.

Desde luego el primer requisito para poder ayudar al otro es saber hacerlo bien, es decir, con cabeza y con corazón. Pero en este post no quiero centrar mi atención en cómo ayudar, sino en por qué las personas a veces no aceptamos o desatendemos una buena ayuda (acertada, afectuosa y eficaz) del otro. A mi modo de ver, las causas principales son dos: 1) La falta de conocimiento propio que suele traducirse en no reconocer o no aceptar las propias carencias, deficiencias y penurias; y 2) La falta de confianza en quien verdaderamente puede ayudarnos, es decir, en aquella persona que sabe ayudar, está dispuesta a hacerlo y nos lo brinda desde el corazón. En relación con esto último, me atrevo a hablar de lo que yo llamo obediencia inteligente, que no es ciega ni esclaviza y que consiste en seguir con confianza y total libertad los consejos y las sugerencias del otro, porque sé que me quiere y sabe más que yo de ese asunto (carencia o necesidad) que ahora ocupa mi vida; sea yo adolescente, joven, adulto o haya alcanzado la ancianidad.

En tiempos de pandemia también

La pandemia del coronavirus nos ha traído mucho sufrimiento y dolor. Ha golpeado afectos, la salud de millones de personas, empleos, negocios y economías, relaciones familiares y sociales, aficiones personales muy diversas y un montón de ilusiones. Nos ha obligado a tener que aprender a vivir con la ausencia de personas muy queridas, con pérdidas materiales dolorosas, con miedos, incertidumbres y preocupaciones. Sin embargo, la pandemia no puede detener la Navidad. La Navidad se va acercando con su espíritu propio y su alegría profunda. Sí, estoy hablando de alegría en plena pandemia. ¿Cómo es posible?, pues porque el sufrimiento de la persona —compañero de trayecto en la vida de cada una y de cada uno— es misteriosamente compatible con la alegría. En tiempos de pandemia también.

Sabemos que la verdadera alegría —no la superficial de bombo y platillo, sino la profunda— tiene mucho que ver con lo que llevamos en el corazón. El quid de ella está en la honda necesidad que tiene el ser humano de querer y sentirse querido. Me gusta subrayar la idea de que sentirse querido es completamente distinto de saberse querido. Lo que quiero decir es que cuando se trata de cariño no nos basta saberlo, sino que necesitamos sentirlo. ¿Cómo? Con palabras y con obras, con cercanía y acompañamiento (que pueden ser también virtuales), y sobre todo con comprensión, es decir, poniéndose en sus zapatos. “El ser humano —ha escrito Juan Luis Lorda— no es solo cabeza, también es corazón. La cabeza descubre muchas cosas, pero hay muchas otras que solo se aprecian con el corazón”. 

Todos podemos ser portadores de alegría a los demás; es decir, podemos alegrarles —al menos un poquito— su vida, aunque no podamos resolver sus problemas. Se trata de empeñarnos en conseguir mitigar su dolor. ¿Cómo hacerlo? Las posibilidades son infinitas. Por supuesto que unas estarán a nuestro alcance y otras no. Pero la que sí está al alcance de todos es el escuchar y el acompañar que como todos sabemos no dependen —gracias a la tecnología— de la distancia física real. La Navidad de este año nos llega en plena pandemia. No dejemos que esta dolorosa circunstancia robe la verdadera alegría a nadie. Una vía excelente para conseguirlo es escuchar, comprender y acompañar.

La experiencia profesional

Leo en un portal de internet «experiencia y juventud es el complemento perfecto». Me gusta el titular y me hace pensar. Una experiencia profesional de muchos años realmente convierte a cualquier profesional en un buen conocedor de su profesión, es decir, le otorga una sabiduría lenta de adquirir (muchos años), pero muy enriquecedora y de gran utilidad. Por lo tanto, me parece estupendo el tándem «experiencia-juventud», pues la sabiduría de la experiencia junto con la energía y las ganas de innovar de los jóvenes, me parece una combinación excelente.  

En mis años de vida profesional, he estado en los dos grupos, es decir, fui profesora principiante para luego ser profesora experimentada. Es cierto que en ambas etapas —una muy distinta de la otra— nunca dejé de aprender. De un aprendizaje inicial para sobrevivir —por así decirlo— pasé a un aprendizaje para ahondar en cuestiones diversas. Por supuesto que el trabajo realizado acumulado año tras año aporta a quien lo tiene una mirada amplia, profundidad y serenidad. En este sentido, puede decirse que el gozo que produce la experiencia atesorada, es grande. Pero el gozo que origina pensar la experiencia propia de muchos años y compartirla —en particular con jóvenes que se inician en la profesión— es muchísimo mayor. Por el contrario, no compartirla es desaprovechar su valor y hacer que muera en nosotros.

Compartir experiencia profesional es transferir conocimiento. En la práctica significa convertir un saber en un bien que contribuye a mejorar personas. No es tarea fácil, pues no se trata de dar lecciones, ni de contar «batallitas» vividas, ni de ser un sabelotodo, ni tampoco de provocar aplausos. Se trata de tres cosas: de trabajar mucho y muy bien, de no dejar de aprender y de querer a los demás. Compartir conocimiento nada tiene que ver con vanagloriarse y sí tiene que ver con comunicar, cooperar, crecer y gozar. Como ha escrito Jutta Burggraf, “quien presume de saberlo todo, puede paralizar a las personas a su alrededor”. Se trata —parafraseando a Burggraf— de crear espacios en los que todos puedan desenvolverse con gozo y propias iniciativas.  

Tener una vida maravillosa

A todos nos gustaría al final de nuestros días poder decir «he tenido una vida maravillosa». Como ha escrito Winifred Gallagher, “tu vida —la persona que eres, lo que piensas, sientes y haces, las cosas que amas— es la suma de todo aquello a lo que prestas atención”. Por lo tanto, la vida de cada uno, es decir, tu propia experiencia, depende en gran medida de lo que atiendes o por el contrario decides pasar por alto. ¿A qué presto yo atención?, ¿al conflicto, la culpa, la pena, la rabia, el miedo?, ¿a los agravios y ninguneos padecidos?, ¿a las amenazas o a las oportunidades?, ¿a los sentimientos agradables?, ¿a un ideal de vida?, ¿a los demás?

Sigo avanzando en la investigación de Winifred Gallagher y lo segundo que quiero ahora destacar es la idea de que al margen de cómo nos vayan las cosas, nos sentiremos mejor o peor la mayor parte del tiempo, en función de dónde pongamos principalmente la atención. Ahora bien, hay que tener en cuenta que en el terreno de los pensamientos y sentimientos, concentrarse en lo agradable y constructivo requiere un esfuerzo. ¿Por qué? Porque debido a razones de evolución y de autoprotección —según Gallagher— los seres humanos ponemos más atención en los pensamientos y sentimientos desagradables. En este sentido, es vital aprender a desviar el centro de la atención a pensamientos y emociones más constructivos. ¿Cómo? Decidiendo uno mismo «a qué presto yo atención y qué paso por alto». Decidir es un acto de la voluntad.

Evitar pensar en cuestiones negativas “no significa —explica Gallagher— esforzarse por estar siempre de buen humor (…). Más bien consiste en tratar la mente igual que un jardín y ser lo más cuidadoso posible con lo que sembramos en él”. Es decir, ser lo más cuidadoso posible a la hora de elegir dónde pongo yo mi atención (objetivos, proyectos vitales, afectos, conversaciones, acciones, lecturas, reflexiones, miradas); por lo tanto, qué siembro yo en mi mente. Esa siembra esmerada, delicada y personal —que nos define como persona única—, sin lugar a dudas, es la que realmente determinará la propia realidad de cada una y de cada uno, y le permitirá al final de sus días poder decir «he tenido una vida maravillosa».

El aprendizaje tipo emmental

Me ha gustado el libro de Salman Khan La escuela del mundo. Khan es un joven profesor de matemáticas, fundador de la Academia Khan, «la plataforma de enseñanza más utilizada de internet». Se trata de un proyecto que, alejado de los planes de estudios convencionales, aspira a disminuir la grieta existente entre lo que enseñan los profesores y lo que aprenden los alumnos. El objetivo fundamental de su gran proyecto —la Academia Khan— es conseguir “una educación gratuita y de calidad para todo el mundo y en todas partes”. Realmente fascinante. ¡Un desafío enorme que está en marcha exitosamente!

Pero, vayamos al título de este post, ¿qué es el aprendizaje tipo emmental? Es el símil que Salman Khan utiliza para explicar un aprendizaje con lagunas, huecos o agujeros —como los agujeros característicos del queso emmental— que impiden una comprensión profunda de nuevos conceptos. Se trata de un tipo de aprendizaje que “deja a los alumnos frustrados e indefensos”. Para Khan —para mí también— el dominio de los conceptos básicos es fundamental en todo aprendizaje. Por lo tanto, aprender a rellenar esos huecos o lagunas es clave, pues son auténticos obstáculos para seguir aprendiendo. ¡Impiden avanzar!   

¿Cómo se forman esos huecos en el aprendizaje?, ¿cómo se acumulan? De diversas maneras, por ejemplo, por faltar a clase un día —o unos días— por el motivo que sea, por sufrir un cambio de humor o de concentración durante la clase y desconectar de la explicación de la profesora o del profesor, por haber olvidado (no retener) unos contenidos ya estudiados o no haber captado un concepto básico anterior.  

¿Es posible rellenar esos huecos o lagunas que quedan en el aprendizaje?  Sí, es posible. Es más, es imprescindible si el alumno quiere aprender conceptos nuevos y avanzar en su aprendizaje. ¿Cómo se rellenan esos huecos o lagunas? Khan —en desacuerdo con el modelo educativo actual— propone una manera de rellenar esos vacíos: «volver sobre el concepto no aprendido y repasarlo hasta aprenderlo». Repasar tanto como se necesite.

Sin embargo —continua Khan—, el modelo educativo actual “no permite que algo se comprenda más adelante”, sino que desarrolla las lecciones en el aula a “un ritmo talla única”, en lugar de “al ritmo de las necesidades del alumno”. Por lo tanto, el estudiante tendrá que hacerlo por su cuenta. ¿Qué se necesita? Tener “un acceso sencillo y continuo a las lecciones” anteriores. En internet —insiste Khan— “las lecciones nunca desaparecen. La pizarra nunca se borra, metafóricamente hablando. Los libros del curso pasado no desaparecen de las estanterías”.

En definitiva, se trata de que el alumno tome las riendas de su educación y eso se consigue con tiempo y “un esfuerzo adicional hasta dominar la dificultad”. Esa es la manera que Khan propone para escapar de la frustración que ocasionan los agujeros o vacíos en el aprendizaje.

Termino con unas palabras de Inger Enkvist: “Aprender puede ser un placer, pero insisto, requiere un esfuerzo y un trabajo. Hay que decírselo a los niños. Si no, les estamos engañando”.