Los números en la vida cotidiana

Hace varios años en una reunión informal de adultos escuché la siguiente afirmación: «las preguntas que su respuesta es un número, no hay que hacerlas». No recuerdo la persona que hizo tal afirmación, pero sí recuerdo que sus palabras me impactaron. ¡Éramos todos adultos! Se refería a preguntas de adultos dirigidas a adultos que para contestarlas necesariamente hay que utilizar números y unidades de medida (Kg, años, m2, €, etc.). Por ejemplo, ¿cuánto pesas?, ¿cuántos años tienes?, ¿cuántos m2 tiene vuestro hogar?, ¿cuánto ganas al mes?, ¿qué notas ha sacado tu hijo?, etc. La persona que expresó esas palabras estaba hablando —sin lugar a dudas— de respeto, buen gusto, amabilidad y quizá más cosas que caracterizan las buenas y cómodas relaciones sociales. Pero, sobre todo, evidenció una gran realidad: los números —ni que sean de una sola cifra— tienen la capacidad de transmitir mucha información, tanto propia como de otros y de muchos tipos (familiar, económica, profesional, académica, etc.).

¿Qué son los números en nuestra vida cotidiana?, ¿qué papel tienen?, ¿para qué nos sirven? Los números son indicadores de una cantidad, del momento del día que marca el reloj, nos alertan de que en el organismo algo no funciona bien (indicadores de fiebre), nos permiten llegar a un inmueble determinado de una calle concreta de una gran ciudad, etc. En definitiva, el servicio que los números nos prestan no es pequeño. Hay muchas clases de números: enteros, fraccionarios, positivos, negativos, pares, impares, complejos, ordinales, mixtos, etc. Cada clase tiene su misión y su razón de existir, esto es, representar una situación cotidiana, por ejemplo, los números negativos representan la deuda. En Matemáticas el estudio de los números incluye, además, abstracciones como por ejemplo los números irracionales (números con infinitas cifras decimales no periódicas, por ejemplo, el número Pi o π = 3,14159…). La variedad es inmensa. ¡Todos nos sirven!

A lo largo de la historia los números con sus operaciones combinadas han contribuido al avance del conocimiento científico y tecnológico, de ahí que a las Matemáticas se las considere una materia o asignatura instrumental, es decir, «que sirve para aprender otras materias». Pero, sobre todo, los números han servido y sirven para que la persona realice una de sus funciones más propias: la de pensar. Pensar nos hace más humanos. Sin lugar a dudas esa es la más importante de todas las funciones de la persona. Como escribió Jutta Burggraf en el prólogo de uno de sus libros, «quien ha nacido con alas, debe usarlas para volar». Para volar muy alto. ¡Vale la pena intentarlo!

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¿Se puede desconectar?

Cuántas veces al vernos preocupados por alguna cuestión hemos escuchado de otros la palabra “Desconecta”. Literalmente «desconectar» significa desenchufar, es decir, interrumpir la comunicación entre una máquina y una fuente de energía. Esto es, «interrumpir la conexión entre dos o más cosas». Desconectar el contestador, la alarma, o cualquier artilugio electrónico —de ordinario— no nos supone problema alguno. Por así decirlo, está a nuestro alcance con total facilidad, sin esfuerzo, basta presionar un botón o tirar de un enchufe. Desconectar de las noticias, de las redes sociales o de un sistema de mensajería instantánea, aunque físicamente está a nuestro alcance quizá nos puede costar un poco más. ¿Por qué? Porque la inmediatez —que es cercanía— que nos proporciona internet y el estar informados en primicia y de manera permanente, nos encanta y renunciar a ello nos puede costar, incluso, mucho.  

También podemos desconectar de la multitarea —que sea dicho de paso, según el periodista Juan Manuel García, para numerosos neurocientíficos la multitarea “no es más que un mito”— y también del trabajo profesional, al menos durante las vacaciones. ¿Qué aporta una buena desconexión? Una buena desconexión, es decir, acertada y oportuna, nos permite parar y descubrir el inmenso valor del silencio. Silencio para pensar, para ganar en objetividad y clarificar las situaciones, para disfrutar de la belleza de un paisaje, de una buena lectura, de la mejor versión de una hermosa pieza musical. Silencio para poner atención en las cosas que yo libremente he elegido ponérsela. Y, sobre todo, silencio para gozar de paz interior. Me impresionó leer hace ya un tiempo la frase del profesor Andreu Navarra que transcribo a continuación: “He llegado a dedicar muchos minutos a explicar qué tipo de regalo era el silencio”.

Sin embargo, hay desconexiones imposibles de lograr. ¿Qué nos lo impide? 1) La responsabilidad (personal, familiar, profesional, social); 2) Unas circunstancias determinadas, por ejemplo, de estrés, de duelo, de dolor en el alma, de cansancio o hartazgo, de soledad; y 3) El corazón, es decir, el amor a los demás. En esos casos en que desconectar nos resulta imposible se trata —me parece— en primer lugar, de aceptarlo, esto es, de reconocerlo; y, en segundo lugar, aprender con paciencia, fortaleza y empeño personal a vivir con ello. Vale la pena convencerse de que una actitud de este tipo es también una vía para ganar en paz interior, por lo tanto, para ganar en felicidad.  

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El juego del niño

Juego y aprendizaje siempre han ido de la mano. El valor educativo del juego es incuestionable. De hecho, el juego está presente en las aulas escolares mediante juegos educativos —juegos con objetivos acordes al currículum— y mediante la gamificación o «aprendizaje divertido», una metodología cada vez más extendida, que incorpora elementos del juego (desafíos, retos, puntos) en la clase sea del tipo que sea (por proyectos, expositiva tradicional, aplicando aprendizaje cooperativo, etc.). La gamificación (o ludificación) no tiene que apoyarse necesariamente en las nuevas tecnologías, ni convierte la clase en una simple acumulación de puntos o recompensas. Como recalcan Ángel Torres-Toukoumidis y Luis M. Romero-Rodríguez, el objetivo de la gamificación no es el de “jugar en el aula”, ni el de “aprender jugando”, sino el de incorporar elementos del juego en la clase y aprender divirtiéndose.

A partir del juego los niños aprenden a respetarse, a esperar el turno, a cumplir unas normas, a perder, a esforzarse, etc., entre otras muchas cosas. Pero, hay algo que tiene el juego que a mí me parece extraordinario y misterioso, que es su capacidad de transformar personas, dicho con otras palabras, la repercusión que tiene el juego del niño en su vida de adulto del mañana, tanto en su modo de actuar o de relacionarse con los demás, como en su modo de trabajar. Según la educadora y especialista en juego Imma Marín, “el niño en su juego no espera otro beneficio que el gozo de jugar”, sin embargo, “con el juego —añade— aparecen beneficios colaterales” que transforman a la persona. Una transformación que enriquece su personalidad.

¿De qué beneficios colaterales se trata? Parafraseando a Imma Marín, cuando el niño juega se siente libre, es decir, no se siente cuestionado; vive en el presente, toda su atención está puesta en aquello con lo que está jugando; toma decisiones y tiene iniciativas; se arriesga sin miedo a equivocarse porque en el juego el error forma parte del proceso, pone pasión en lo que tiene entre manos, es decir, vive la dificultad como un reto; crece su curiosidad —¡el motor del aprendizaje!—, su deseo de saber, su capacidad de hacerse preguntas y su creatividad; tolera la incertidumbre, una emoción incómoda y difícil de gestionar; tiene buen humor y disfruta de la belleza. Como puede verse los beneficios colaterales del juego del niño son enormes e importantísimos.

¿Por qué leer?

Motivos para leer tenemos muchos: por ejemplo, leemos para pensar, aprender, tener opinión propia, alimentar la imaginación, ampliar el vocabulario, enriquecer la conversación o simplemente para entretenernos. En cualquier caso, sea cual sea la razón por la que leemos, me parece clave y decisivo disfrutar al leer y eso no sucede con todos los libros que llegan a nuestras manos. Es cierto que a veces leemos por “obligación” y esa circunstancia dificulta el poder disfrutar con la lectura. También hay libros aburridos que sacuden las ganas de leer. Sin embargo, está claro que aprender con una lectura es realmente maravilloso, y aprender con una lectura disfrutando a la vez, lo es mucho más. Lo que quiero decir es que el hecho de disfrutar al leer, nos revela el motivo más fascinante por el que leer: leer por el gusto de leer.

¿Qué significa leer por el gusto de leer? Para mí significa leer disfrutando, sin prisas, sin obligaciones ni compromisos de ninguna clase, sin tener que dar cuenta a nadie, olvidándose del reloj, en un lugar tranquilo, con un lápiz en la mano para anotar en un papel las palabras y las ideas hermosas del libro que no queremos olvidar y sí atesorar. Ese modo de leer conlleva o, mejor dicho, surge cuando el lector conecta con el autor, esto es, cuando el lector goza con lo que dice y con el cómo lo dice quien escribe, sea un ensayo, un poema, una novela o el texto que sea. Realmente es fascinante. Como ha escrito la periodista Mayte Rius, “el tiempo de lectura debe ser un espacio para uno mismo, un momento de disfrute”.

¿Qué libros nos permiten leer por el gusto de leer? Sin lugar a dudas los mejores. ¿Sabes cuántos libros publicados diferentes hay en el mundo? Según Google, el número es de nueve cifras. Y crece cada año. ¡Entre ellos están los mejores! ¿Cómo acertar al elegir una lectura? Hay diferentes vías: la publicidad, catálogos, rankings de los libros más vendidos, las estanterías de una librería o de una biblioteca, etc. En mi caso los libros con los que más he disfrutado me han llegado de la mano o las palabras de un gran lector. ¿Qué es ser un gran lector? Es ser alguien que cree en la lectura y ama la literatura (novela, ensayo, poesía, cuentos, biografías, etc.); quiere saber; es crítico y exigente con los textos; lee todos los días, el «no tengo tiempo para leer» no cabe en sus días; cuando descubre un libro que le entusiasma compra generosamente ejemplares y los regala a sus amigos, conocidos, parientes; es alguien que al escucharle hablar de un buen libro contagia las ganas de leerlo; lee por interés, pero sobre todo lee por el gusto de leer, que es el porqué más fascinante.  

Ir al fondo de la cuestión

Leo en La Vanguardia (17-6-2021) que el Gobierno está elaborando un real decreto que eliminará como criterio para pasar de curso el número de asignaturas suspendidas en las etapas de primaria y secundaria y las limitará en el bachillerato.

El nivel de abandono escolar y la tasa de repetición son probablemente los dos problemas más graves de nuestra escuela. Resolver un problema requiere siempre ir al fondo de la cuestión. Sin embargo, eliminar el número de suspensos por real decreto para pasar de curso, no parece que sea ir al fondo de ambos problemas.

Me pregunto: ¿Qué hay debajo de esos dos indicadores que sitúan a nuestra escuela en la cola de los estudios e informes elaborados por la OCDE?, ¿guardan relación con el entusiasmo del profesor al impartir su asignatura?, o ¿con su capacidad de estimular a los alumnos hacia la lectura y el pensamiento crítico?, o quizá ¿con el saber presentar a los alumnos el esfuerzo y la perseverancia como actitudes valiosas y positivas? Abordar estos interrogantes sí que —me parece— sería ir al fondo de la cuestión: al menos esta es mi impresión después de 40 años dedicada a la enseñanza.

El rostro del profesor

En tiempos de pandemia he podido asistir a un interesante seminario virtual de filosofía, organizado por la Societat Catalana de Filosofia. Su objetivo era «abrir puertas para la reflexión y la comprensión de la condición humana en estos tiempos de pandemia». Es decir, su objetivo era invitarnos a pensar. Soy persona de formación y de práctica profesional de ciencias. No obstante, una vez más quiero subrayar en primera persona lo que tantas veces ha dicho y escrito el filósofo y profesor Jaime Nubiola, sobre el papel clave y fundamental que tiene la filosofía en la vida de las personas, al margen de su formación, profesión o actividad diaria: los ciudadanos de a pie necesitamos la filosofía que aborda los temas de nuestra vida cotidiana, que trata sobre las cuestiones que nos interpelan hoy y ahora. Por eso me ha encantado asistir a ese seminario.

El profesor Xavier Escribano habló de la desaparición del interlocutor como fuente inspiradora del diálogo, en este tiempo de pandemia. Aprendí que la persona está hecha para buscar rostros, rostros que leemos, inspiradores de nuestras palabras y de nuestros pensamientos; inspiradores del diálogo. En la realidad actual —época covid— la mascarilla nos priva de la expresividad del otro y dificulta la comunicación y el diálogo. Por supuesto ni que decir tiene que en este tiempo de pandemia la mascarilla nos ofrece muchísimas más ventajas que inconvenientes tanto para uno mismo como para con los demás. No obstante, sabemos también que «el rostro es una de las mayores señas de identidad» y que la mascarilla oculta información no verbal. En este sentido, no parece baladí poner atención en cómo influye en las relaciones interpersonales el hecho de llevar el rostro cubierto por la mascarilla al relacionarnos con los demás (parientes, amigos, en el aula, etc.).

Hace unos días una estudiante universitaria me comentaba lo importante que era para ella el hecho de que en una clase virtual la profesora o el profesor conecte su cámara no solo para saludar, sino que la conecte durante todo el tiempo que dure la clase y así evitar convertir la clase en una voz más una pizarra o una voz más un Power Point o cualquier otro documento. Ver o no el rostro del profesor, al estudiante no le es indiferente; y escuchar la voz del profesor atenuada por la mascarilla tampoco le pasa inadvertido. Una voz mitigada dificulta la comprensión del mensaje. ¿Qué puede hacerse para compensar o minimizar estos inconvenientes en el aula actual? Los expertos aseguran que no se trata de gritar más, sino de acentuar la expresión facial en la zona de los ojos y las cejas; cuidar el lenguaje de las manos que tanto enriquece el mensaje; y en algunos casos quizás acudir a un amplificador de la voz como puede ser un micrófono, que permita a los estudiantes recibir el mensaje sin obstáculos. Se trata, en definitiva, de no renunciar a la comunicación no verbal del rostro y de poner los medios al alcance para que el profesor logre comunicar al alumno lo que realmente quiere transmitirle, también en tiempos de pandemia.

Sentimiento de soledad

En estos tiempos de pandemia con confinamientos diversos, limitaciones horarias de apertura de bares y restaurantes, restricciones en el número de personas en reuniones familiares y de cualquier otro tipo, limitaciones de aforo en muchos lugares (tiendas, instalaciones y estadios deportivos, lugares de culto, teatros y otros lugares destinados a la cultura, etc.), han hecho mucho más difícil la vida social. Muchas interacciones personales han pasado de ser presenciales a ser virtuales. Esta realidad probablemente ha contribuido a la aparición de un cierto sentimiento de soledad en algunas personas y en otras lo ha acrecentado.   

Las personas por naturaleza somos sociales. Necesitamos relacionarnos, escucharnos, ayudarnos, compartir (alegrías, celebraciones, aficiones, ilusiones, inquietudes, sinsabores, penas, ausencias), es decir, sentirnos acompañadas. En definitiva, el ser humano necesita querer y sentirse querido y trata a toda costa de evitar el sentirse solo. A mí me gusta distinguir entre la soledad transitoria —fruto de unas circunstancias externas temporales— y la soledad profunda, más difícil de combatir y que es a la que ahora en este post quiero referirme. Se trata de un sentimiento que taladra el alma y que está al margen del número de personas que físicamente tengamos alrededor —tanto en casa, como en el trabajo, la universidad, el colegio, o donde sea que vayamos o estemos— y al margen del número de personas con las que estemos conectadas virtualmente. Es un sentimiento profundo que conlleva sentirse sin cariño, sin apoyo, sin compañía, sin consuelo, sin cuidados, sin comprensión, sin escucha, sin poder compartir cosas importantes para uno, y muchos más “sin”, es decir, sentirse abandonada o al menos decepcionada. En mi opinión esta es la soledad más dolorosa.  

¿Cuáles son sus causas? Quizá la educación recibida, o una experiencia padecida, o quizás un no saber mirar al Cielo. Vale la pena pensar si esas causas están en los demás o en uno mismo. “Es bueno —ha escrito Jesús Higueras— que te preguntes cuál es la razón de tu sufrimiento: si sufres por los demás, o más bien por ti. Porque tus hijos no son como esperabas, porque no te sientes correspondido, porque mucha gente te deja de lado, los amigos no son leales…”. En cualquier caso, sea cual sea el desencadenante del sentimiento profundo de soledad, todos tenemos en nuestras manos el modo de combatirlo en primera persona y para con todas las personas que tenemos alrededor. Ese “modo” se traduce en la práctica de cuatro verbos: mirar, escuchar, comprender y acompañar. Dicho más explícitamente: 1) Mirar con los ojos del corazón a los demás; 2) Escuchar con cariño, sin interrumpir; 3) Comprender, que es saber ponerse en sus zapatos; y 4) Acompañar que significa estar. En definitiva, volcarse cariñosa y generosamente con los demás.

Dos momentos clave en la etapa escolar

En la vida del escolar hay dos momentos clave en los que el estudiante ha de ejercer su capacidad de decidir. Dos momentos en los que hay que tomar una decisión importante. Me refiero a la elección del bachillerato al terminar la ESO y la elección de la carrera al finalizar el bachillerato. Ambas decisiones son importantes porque tienen mucho que ver con el futuro profesional y personal de cada una y cada uno. Para la gran mayoría de los escolares ambas decisiones forman parte de las primeras decisiones importantes que han de tomar en su vida. 

El alumno ha de saber que decidir bien pide una reflexión y después una acción. Es decir, requiere en primer lugar, una buena medida de serenidad para explorar las posibilidades diversas existentes (ciencias, letras, bachilleratos, carreras); en segundo lugar, pedir consejo a alguien que le conozca bien y escuchar su opinión o parecer; en tercer lugar, firmeza para afrontar el miedo a equivocarse que aunque es lógico que aparezca, es posible apartarlo de la decisión, por ejemplo, no dándole cabida en la imaginación; finalmente y en cuarto lugar, algo que quizás es más difícil pero no por ello menos importante que es saber escuchar qué le dice el corazón, es decir, lograr recogerse y escuchar con atención su interior.    

Copio a continuación unas palabras de Jorge Larrosa que dan mucho que pensar: “Descubrir una vocación [profesional] no es solo averiguar lo que nos gusta o lo que nos satisface, sino lo que nos exige. Y esa exigencia tiene que ver con corresponder a lo que hay ahí para aprender, para interpretar, para hacer, para pensar”.

¿Cuál es el papel de la profesora o del profesor en ese momento clave de la vida del escolar? O, mejor dicho, ¿cuál es la mejor ayuda que los profesores podemos ofrecer a los alumnos cuando acuden a nosotros para que les ayudemos a decidir en esas cuestiones realmente importantes? Por supuesto les vamos a ayudar escuchándolos; haciéndoles caer en la cuenta de que lo que más gusta a una persona a veces no es lo que mejor se le da; subrayando la importancia que tiene el tomar una decisión en su momento, es decir, sin precipitarse, pero sin demoras vanas innecesarias. No obstante, a mi modo de ver, la mejor ayuda que podemos ofrecerles es invitarles a escribir lo que llevan en la cabeza y en el corazón acerca de su decisión, esto es, lo que han explorado, han escuchado (a los padres, profesores y demás mayores), han pensado y han sentido. Y a continuación saber retirarnos (los profesores) para que él o ella decida con total libertad. Lo que quiero decir es que me parece crucial dejarle decidir. Quien decide es el alumno y no el profesor, ni los padres, ni los amigos, ni los expertos. Es su elección.

 

No ha sido un año perdido

Llevamos poco más de un año con restricciones sanitarias, desescaladas, incertidumbre, desconcierto, miedo, dolor y un sinfín de sufrimientos. Hay quienes hablan de un año perdido que hay que recuperar. Sin embargo, a mí más que hablar de recuperar un año perdido me gusta hablar de recuperar un año pasado. Está claro que ha sido un tiempo muy difícil tanto en aspectos personales, sociales, familiares, laborales, económicos como en cosas que hemos tenido que dejar de hacer (trabajos, aficiones, viajes, deporte, celebraciones, etc.) y nos encantaría recuperarlas, volver a hacerlas, reincorporarlas de nuevo a nuestra vida. Todas esas calamidades, desdichas y privaciones vividas, no han podido convertir este período en un tiempo perdido. ¿Por qué? Porque un tiempo perdido es un tiempo estéril, es decir, un tiempo que no ha servido para nada y eso no ha sucedido en este año pasado.

Expresar el cariño de manera virtual, luchar para vencer el dolor y el sufrimiento, adaptarse a nuevas y costosas situaciones, o aprender a llorar por dentro y seguir adelante sin desfallecer, son ejemplos —entre otros muchos— vividos en este duro período de pandemia. Sin lugar a dudas nos han hecho más fuertes y eso tiene que ver con ser mejores. En este sentido, no ha sido un tiempo estéril, no ha sido un año perdido. Por otro lado, al “desaparecer” de un plumazo en nuestra vida aquellas situaciones que considerábamos normales y que quizá no valorábamos suficientemente, hemos pasado a considerarlas maravillosas al descubrir su inmenso y real valor. La lista de ejemplos podría ser muy larga, pero cito solo cuatro: dar un abrazo, celebrar la Navidad acompañados de la familia, entrar y salir de casa cuando a uno le apetece, poder acompañar a un familiar enfermo en un hospital. En este sentido, tampoco ha sido un tiempo estéril, no ha sido un año perdido.

Se trata pues de recuperar un año pasado. ¿Cómo? Es cierto que las pérdidas, heridas y los sufrimientos padecidos en el tiempo de pandemia han sido y son de naturaleza y gravedad muy diversos, y que poder recuperarse de esos pesares en muchos casos escapa a nuestras posibilidades. Copio a continuación unas palabras de Viktor Frankl que dan mucho que pensar: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. Quizás el quid de esa recuperación, más que en el hacer —que también— está en el modo de mirar la propia realidad. Este —me parece— es el primer paso para poder escoger la actitud de la que habla Frankl y así poder recuperar este año pasado.

Tener que madurar no es un aburrimiento

Cambiar de etapa escolar, en particular dejar la ESO y pasar al bachillerato, produce en algunos adolescentes un cierto desagrado, por así decir. No se plantean en absoluto dejar los estudios, pues en su gran mayoría quieren hacer una carrera universitaria y sueñan con ser grandes profesionales el día de mañana. Pero se trata de un día de mañana por el que no hay prisa alguna por llegar a él. Se lo imaginan monótono, cargado de responsabilidades ineludibles y bastante aburrido o al menos muchísimo menos divertido que el momento actual que están viviendo, que realmente es singular y comprensiblemente no quieren abandonar. Pero es también un momento apasionante en el sentido de que las decisiones más importantes de la vida están por tomar y que —sea dicho de paso— hacerlo bien pide una cierta madurez. Este sentimiento de desagrado lo expresan diciendo que tener que madurar es un aburrimiento.

Madurar no es un aburrimiento, pues enriquece a la persona y le permite vivir más a fondo y más intensamente la propia vida sin comportamientos infantiles de ninguna clase. ¿Por qué? Porque madurar tiene que ver con adquirir capacidades para descubrir y asumir nuevos escenarios y retos de la propia vida, y lograr actitudes para afrontar adversidades y problemas que llegan sí o sí a cada una y a cada uno. Esas adquisiciones y logros personales, son del todo compatibles con hacer cosas divertidas, tener ilusión, disfrutar con lo que se tiene entre manos y pasarlo bien con los demás. Es más, abren ventanas insospechadas y asombrosas a diversiones, ilusiones y gozos diferentes de los conocidos. ¿Por qué? Porque madurar es ampliar vistas, es ganar en comprensión de lo que realmente a uno le está pasando, de cómo es y qué quiere, es decir, ganar en conocimiento de uno mismo y ganar en libertad para decidir bien. Parafraseando a Joan Baptista Torelló, madurar es crecer, por consiguiente, es asumir valiente y audazmente el riesgo —o la inseguridad— que comporta cada crecimiento.

¿Qué puede hacerse para ganar en madurez? Tampoco en eso tengo recetas fáciles, ni inmediatas, pero quizás una vía podría ser: 1) Empeñarse en querer madurar, es decir, no esquivar (mirar hacia otro lado) ninguna realidad de la propia vida y de su alrededor, aunque no guste, moleste o duela, esto es, ir al fondo de la cuestión y pensar; 2) Huir de la superficialidad y del ruido ensordecedor que pueda haber alrededor de uno mismo; y 3) Descubrir tiempecitos de silencio diarios para reflexionar, que siempre pueden nutrirse a partir de una buena lectura o una conversación profunda (larga o breve) con alguien que sea de tu confianza.

Vale la pena intentarlo. Quedar rezagado en el proceso de maduración personal es tirar por la borda un sinfín de oportunidades maravillosas para lograr una vida más plena, más grata y por lo tanto más feliz.