La mentira del cobarde

Mentir es faltar intencionadamente a la verdad con el fin de engañar a alguien. Mentir dificulta toda relación humana: laboral, familiar, de amistad, social, etc. Hay muchos tipos de mentiras: la del egoísta, la del vanidoso, la del miedoso, la del resentido, la del envidioso, etc. La mentira que se apoya en la ambigüedad es la del cobarde.

La persona cobarde utiliza la ambigüedad para salir airosa de una situación o circunstancia incómoda para ella. Está convencida de que hablar con imprecisión, con vaguedad y con indeterminación, le asegura una salida “honrosa” —quizá habría que decir “cómoda” solo para ella— a cualquier replica que pueda surgir a sus palabras. De ordinario, detrás de esa mentira hay un gran miedo a no tener argumentos sólidos y convincentes o simplemente aceptables a los que poder recurrir. Carece de razones y explicaciones.

Mentir es destructivo y lo primero que destruye es la confianza. A todos se nos hace imposible confiar en alguien que a sabiendas no dice la verdad. La confianza uno se la gana día a día, a partir de su constante modo de actuar, es decir, cómo trata a los demás, cómo trabaja, cómo se divierte, cómo sufre, cómo ama, etc. Por el contrario, la confianza puede perderse en unos pocos instantes.

La autoridad —entendida como una relación interpersonal basada en la confianza— es incompatible con la mentira. La autoridad de la que estoy hablando nada tiene que ver con órdenes ni mandatos, que son imposiciones. Es decir, la autoridad no impone. En cambio, la ambigüedad intencionada sí es un modo de imponer, pues en realidad rechaza el diálogo por carecer de buenas razones para defender las propias palabras. La mentira enrarece las relaciones humanas, en particular imposibilita un ambiente de aprendizaje.

Sea cual sea el modo de mentir, la mentira siempre desautoriza. Mentir desautoriza al directivo, al amigo, al padre, al cliente, en definitiva, a quien engaña intencionadamente. Le quita toda la autoridad que pudiera tener. En este sentido, los profesores hemos de aprender a decir “no lo sé” en lugar de improvisar una mala respuesta cuando no sabemos lo que nos preguntan. Como ha escrito Juan Luis Lorda, “lo más interesante en cualquier tipo de gobierno o dirección [incluida la del aula] no es resolver problemas, sino sobre todo dirigir personas”. Todos debemos aspirar a decir siempre la verdad, a no escondernos nunca en la cobardía de mentir. 

Aprender a perdonar

Uno de los libros que he leído en más de una ocasión es el de Francisco Ugarte, Del resentimiento al perdón. Practicar el perdón no es fácil. Sin embargo, hay que pensarlo y proponerse aprender a practicarlo. ¿Por qué? Porque perdonar va muy unido a la propia felicidad y todos queremos ser felices.

Perdonar no es olvidar, pues el perdón “puede ser compatible con el recuerdo de la ofensa”. Cuando alguien te ha herido profunda y premeditadamente, con graves consecuencias profesionales, sociales, económicas, familiares o del tipo que sean, parece imposible perdonar al agresor. Renunciar a perdonar es abrir la puerta de tu corazón al rencor y dejarle que se afinque en él. «El rencor es un sentimiento de rechazo hacia el agresor». Corroe el alma, oscurece la interioridad y roba la sonrisa, la paz y la serenidad a quien lo padece. El rencor o resentimiento no aporta nada bueno a quien lo sufre. Solo le daña.

Alguien dijo que «el resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando que le haga daño al otro». El medio más importante para resolver el problema del resentimiento —afirma Ugarte— es el perdón. Perdonar no equivale a dejar de sentir. Es un acto de la voluntad y no un acto emocional, explica este autor. Perdonar es una decisión.

¿Cómo se perdona? Ugarte da unas pistas para lograrlo: 1) No concentrarse en los agravios (unas palabras, una actitud, un gesto, un hecho, una omisión), no darles vueltas y más vueltas. De hecho, la imaginación muchas veces es el origen de grandes resentimientos; 2) Considerar el daño que se ha hecho el agresor a sí mismo al ofendernos; 3) Finalmente, cuando perdonar supera la capacidad personal, se hace necesario —asegura— acudir al Cielo para poder otorgarlo.

Lo que más nos daña —advierte Ugarte— no es lo que otros nos hacen, sino nuestra respuesta que depende de cada uno. “Nuestra libertad nos confiere el poder de orientar de un modo u otro nuestras reacciones”. Perdonar no es un signo de debilidad, sino todo lo contrario. Es una decisión que pide un esfuerzo que revierte en nuestra propia felicidad.

La amistad es bidireccional

Para la inmensa mayoría de los jóvenes, lo más importante después de su familia son sus amigos. La relación de amistad no es una cuestión menor en sus vidas. 

Como ha escrito Ana María Romero, “la amistad no se puede forzar. Por eso también puede decirse que la amistad surge siempre como un regalo, como un don que se recibe”, que aporta un cúmulo de bienes y llena tanto por dentro.

Me encanta la definición de amistad del filósofo Ricardo Yepes: la amistad es la “benevolencia recíproca dialogada”. Tres palabras que definen una relación maravillosa e importantísima en nuestras vidas. Todos —niños, jóvenes y adultos— necesitamos tener amigos, personas con quienes compartir nuestra vida. Tener un amigo es tener un tesoro.

Con el diccionario en la mano, reciprocidad significa que uno «se dirige a otro y a su vez se recibe de este». En este sentido, Yepes habla de una relación en la que se hace el bien de manera bidireccional, en dos sentidos, y de manera dialogada. Es decir, la amistad conlleva necesaria y confiadamente un tú cuentas y yo cuento, tú abres tu corazón y yo abro el mío, tú escuchas y yo escucho, de manera natural, sin obligaciones de ninguna clase. De este modo, vivir la reciprocidad es vivir la libertad.

Sin esa bidireccionalidad no hay amistad, sí puede haber un asesoramiento, un coaching, un acompañamiento, es decir, otra clase de relación. De hecho, un amigo es algo muy distinto a un asesor, un entrenador, un consejero, o a algo parecido. Por así decirlo, la amistad reclama benevolencia de ida y vuelta. Hago el bien al otro y a su vez lo recibo de este.

¿Por qué he disfrutado tanto en las aulas?

¡Disfrutar en el trabajo! En mi caso ha sido disfrutar en las aulas. He sido profesora en Secundaria durante más de cuarenta años consecutivos. He impartido miles de horas de clase y he tenido alrededor de 6.000 alumnas. Ser profesora es parte de mí. Ser profesora es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida.

¿Por qué he disfrutado tanto? Lo pienso mucho. Quizás algún día escriba sobre ello con profundidad, claridad y bonito. Hoy solo escribo dos breves respuestas a esa pregunta:

 — Porque me encanta enseñar mi materia y me encanta ver cómo mis alumnas la aprenden y poco a poco les va gustando más.    

Porque he gozado de una relación con mis alumnas que es la que permite ayudarlas más y mejor. El gozo que eso produce es inmenso.    

Ambos sentimientos —gozo con una materia y gozo de una relación— han sido para mí altamente gratificantes, y son de tal naturaleza que pase lo que pase en el entorno laboral —aunque sea costoso o doloroso— no puede con ellos. Nada los tumba. Al menos en mi caso ha sido así.

Comienzo ahora una nueva etapa que será diferente, pero indefectiblemente seguirá estando muy cerca del maravilloso mundo de la educación, la docencia, la figura del profesor y la escritura. La comienzo con gran ilusión.